Parece que fue ayer, parece que si me esfuerzo y estiro el brazo casi puedo tocar esa mañana gris, esa mañana mojada por la lluvia de la noche anterior. Pero han pasado dos años. Han pasado dos años y aún recuerdo mi garganta mordida por el virus, mi cuerpo febril despertando solo en una cama de matrimonio, el camino al baño, el agua en la cara, cruzar el pasillo, asomarme al salón y ver su cuerpo recostado en el sofá, su pelo negro, los calcetines de rayas que asomaban por debajo del pijama de paño azul, sus manos sosteniendo una novela de Bukowski.
Y con eso bastó para pensar en ese instante, que ella era la típica mujer de la que me enamoro. Qué estúpido. Como si tuviera un prototipo, como si me hubiera enamorado muchas veces. Aún no consigo entenderlo. Por qué ese impulso, por qué el temblor, por qué esa grieta abriéndose en mi vientre. Ese es el primer recuerdo que guardo de Isabela.
La saludé educadamante, le pregunté por su viaje y me fui a la cocina a preparme una taza de café. Estrella estaba en la terraza, fumando mientras repasaba una escena para un casting.
Me senté frente a ella, en mi sofá de fieltro gris, me senté frente a ella y la miré mientras murmuraba con un cigarro en la boca y el humo subía cubriendo el lunar que se alzaba sobre sus labios. La miré y no me cansaba de mirarla. Estaba preciosa, en pijama todavía, pero ya con la raya del ojo pintada de negro. Nos miramos por un instante. Me senté junto a ella y la abracé. Isabela se había ido, quizás pensando que estorbaba. Ni si quiera nos dimos cuenta de cuándo se marchó.
jueves, 7 de noviembre de 2013
miércoles, 6 de noviembre de 2013
2
Había llegado la lluvia y con ella el frío, y las tardes de noviembre pegado al cristal de la ventana, con el abrigo puesto, con la guitarra apoyada en las piernas y el tabaco encima de la mesa.
La terraza de un piso de alquiler parecía un buen lugar para esperar que algo ocurriera. Anclado en el sillón de fieltro gris, tocaba aquella canción con acordes menores, mientras el día pasaba y pasaba siempre sin tocarme. Los huesos pesaban. La carne pesaba siempre demasiado. Las rodillas crujían tras cada paso lento que daba hacia el salón, hacia la cocina, hacia la habitación que había compartido con Estrella los últimos dos años. Ella era mi hogar. Su espalda mi pared, su pecho el techo donde guarecerme, su corazón mi nido. Nos amábamos. De eso estoy seguro. Nos amábamos como se aman aquellos que desnudos, desprendida ya la cáscara, juegan a ser niños. Y los niños acariciaron el amor como se acaricia un perro. Y moldearon un trozo de nube, una masa suave y dulce, sin aristas. Y ese era el pan que calmaba el hambre, y ese era el pan que alimentaba la rutina, las comidas familiares, las frases repetidas, los ceniceros sucios. Habíamos comido demasiado. Ambos lo sabíamos y nunca hablamos de ello. No hacía falta. Ella llegaba del trabajo y me encontraba día tras día pegado a ese sillón de fieltro gris, consumido en la duda, abandonado a un sueño que nunca perseguí. Nunca podré culparla. Nunca podré decir que no sabía que poco a poco, todo se había ido marchitando.
Pero aún quedaba amor al fin y al cabo, y mi cuerpo conocía su cuerpo de memoria, y no imaginaba la vida sin que ella estuviera al lado. Y un viaje a Nueva York, y un apartamento para dos en Malasaña, y una vida de cine. Todo parecía posible, todo estaba por suceder. Grandes planes. Besos pequeños. Conato de pasión algunos días.
Los hijos que nunca tendremos nos saludan ahora, nos miran y se ríen de nosotros. Nosotros que creímos ser eternos, nosotros que creímos que no había nada que pudiera derribarnos, nos fuimos inclinando poco a poco, poco a poco cayendo en la maraña donde el amor exprimió su última gota.
1
Sueño con una tierra que aún no conozco mas que en sueños. Volando llega un arrullo, volando llega un cantar de hombres y mujeres que antes que yo, atravesaron el miedo que separaba su casa de la niebla. Sueño con una tierra de montaña verde, con árboles que ocultan tras sus ramas el instinto del hombre que aún no sabe qué es el hombre. Sueño con el viento dejando la sabana, llenándose de agua, soplando hasta mis ojos, que por fin sienten el viento y lloran. Y saben que es la tierra. Y saben que tras la niebla densa de los sueños se oculta la ciudad brillando en la hondonada.
Ya casi puedo escucharla. Ya casi puedo sentir el ritmo que la mece, el aroma que inunda cada calle, el deseo que me lleva hasta su puerta. Ahí está la casa. Ella espera adentro.
Ésta es su tierra. Ésta es la tierra que la vio nacer. Éstas las calles que la vieron caminar siendo una niña, que la vieron soñar con otra tierra, con otro aroma diferente a éste, con ciudades que agitan en la noche su esplendor caduco, su marchitar de siglos creyendo ser el centro de todo lo que existe.
Qué lejos queda España. Qué lejos quedan ahora sus plazas, el ruido de sus calles. Qué lejos queda todo lo que no soñé.
Ya casi puedo escucharla. Ya casi puedo sentir el ritmo que la mece, el aroma que inunda cada calle, el deseo que me lleva hasta su puerta. Ahí está la casa. Ella espera adentro.
Ésta es su tierra. Ésta es la tierra que la vio nacer. Éstas las calles que la vieron caminar siendo una niña, que la vieron soñar con otra tierra, con otro aroma diferente a éste, con ciudades que agitan en la noche su esplendor caduco, su marchitar de siglos creyendo ser el centro de todo lo que existe.
Qué lejos queda España. Qué lejos quedan ahora sus plazas, el ruido de sus calles. Qué lejos queda todo lo que no soñé.
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